Ir al contenido principal

Entradas

Colores

Me gusta escribir rodeada de gente, acunada por el murmullo de voces desconocidas. Acostumbro a sentarme en un rincón del bar elegido y ese día le tocó a  un establecimiento regentado por una pareja de hípsters. Escogí una mesa al lado de un ventanal que llegaba hasta el suelo, desde donde podría disfrutar de un hermoso panorama del paseo marítimo.       Pedí un café y saqué el portátil de la mochila. Mientras se abría el ordenador me inundó la agradable certeza de estar donde y cuando debía de estar. Suspiré. Me distrajo el movimiento de la gente paseando por la avenida y fue entonces cuando lo vi acercarse.       Era un joven en la treintena que llevaba sombrero de paja. Vestía pantalones blancos y camiseta roja sin planchar, pero aun así con estilo. Debía ser de buena familia, pensé. Debajo un brazo sostenía una gran carpeta atada con cordel. La otra mano agarraba un caballete que colgaba del hombro.     ...

Correr en cículos siete veces siete.

  Akin despertó de una larga pesadilla sin saber dónde estaba ni lo que había sucedido. No pudo despegar los párpados hinchados y le desconcertaba el intenso trajín de su alrededor; murmullos, lamentos, pasos, ruidos que no sabía identificar. Tumbado boca arriba no sentía su cuerpo como suyo. Olía a orina y a sangre; opresión en el abdomen y en el rostro. Cerca había alguien porque escuchó un gemido hueco. Intentó darse la vuelta para socorrer a la persona que lo había emitido,  pero un dolor atroz le oprimió el costado cortándole la respiración.            —No te muevas, Akin —dijo una voz que reconoció como la de uno de sus tíos —. Algo te han roto por dentro. Toma mi pan y agua, yo no los necesito.           El chico, percibió la mano del anciano tomando la suya y acercarle el pan y la vasija.            —¿Que ha pasado?    ...

Placeres

Este mes, cuando en Divagacionistas propusieron hablar sobre placeres, hice lo de siempre, buscar en internet una fotografía de la que extraer una historia.  Estaba convencida de que la pantalla del ordenador se llenaría de cuerpos hermosos practicando sexo. Porque, ¿qué mejor placer que el sexo? Me propuse escribir algo suficiente fuerte como para escandalizar a las hordas de conservadores que están saliendo como setas.          Como sabréis, lo primero que acostumbra a mostrarte Google es la definición de la palabra que has escrito en el buscador. Me sorprendió leer las definiciones. La primera decía: “Banco de arena o piedra en el fondo del mar, llano y de bastante extensión” La segunda, “Arenal en el que puede encontrarse oro u otro metal precioso”.          Entonces afloraron con fuerza recuerdos de mi niñez que aplacaron el empuje con el que estaba dispuesta a escribir el relato erót...

El niño sin nombre

El niño sin nombre reconoce de lejos el rugir de los motores. El ruido es cada vez más y más fuerte. Se acercan.         El niño sin nombre sentado en cuclillas se hace un ovillo en un rincón de la estancia. La habitación ha sido todo su mundo durante meses y lo que queda de las paredes el límite.         El niño sin nombre se concentra en hacerse pequeño, muy pequeño, hasta convertirse en invisible, tal como le explicó su madre qué debía hacer. La echa en falta, a la madre. Salió a buscar algo para poder comer y no ha vuelto todavía.        El niño sin nombre desea salir corriendo a buscar a la madre. Pero, obedece. Mejor quedarse en su esquina, encogerse y no ser visto para que nada, ni nadie, pueda hacerle daño.         El niño sin nombre sabe que después de los aviones llegará el silbido que atravesará sus tím...

Ayana

Llevaba tres días en Ngaparou en la casa familiar de mi amiga Kande y todavía no me había acercado al inhóspito mar Atlántico.          En esos pocos días, había recopilado mucho material paseando por mercados y callejuelas. Había captado imágenes de niños, ancianas, animales, puestos de fruta y de especias, patios familiares, y hasta secaderos de pescado con lo mal que huelen. Me gano la vida con ellas, con las fotografías.           Ese día, por fin quise ir hasta la playa.         —Llévate a Ayana —dijo mi amiga—, no deja de preguntar qué es lo que fotografías.        Ayana es la sobrina preferida de Kande, hija de su hermano pequeño. Es una niña vivaracha y de ojos grandes, sin embargo, dicen que es rara. No le gustan los niños de su edad, prefiere estar rodeada de adultos.    ...

Habrá que entrar

Al mirar esta imagen de lejos veo un cajón de sastre lleno de pequeñas bobinas de hilos de colores. En esos pequeños cilindros, con un tapón blanco en un extremo, predomina el rojo.   Están de pie muy apretados, esperando que los alija la mano de la costurera y poder terminar sus días formando parte de un bonito bordado. Parece que estén dentro un embudo, parecido al de los bombos de la lotería de navidad. Una sola bobina será la escogida.            Cuando me acerco la fotografía se distinguen hombres vestidos con túnicas de tonos vivos y casquetes blancos en la cabeza. Hombres de una sociedad antigua aferrados a la tradición. También ellos parecen estar dentro un embudo que los succiona hacia dentro del templo. Quieren rendir culto al dios Alá. Se empujan unos a otros. Quieren ser los primeros en entrar. Serán respetados por la comunidad por haber cumplido con el precepto. Así eluden la soledad ajenos al resto del...

La profesora de ballet

Desde hace unos días la chica pasa por la calle principal de Serekunda. Con zapatillas de ballet, tutú rojo, encajes naranjas y mallas negras para no dejar al descubierto las piernas. Ligera, volando impulsada por sus largos brazos. Ajena a lo que acontece a su alrededor.                     En un tramo del suelo, algo más plano, se pone de puntitas y camina erguida con los brazos abiertos, como si anduviera sobre la cuerda floja. Al rato, tropieza con una hendidura del terreno y pierde el equilibrio. Y como si una mano invisible la cogiera por el pescuezo y tirara de ella hacia el cielo, se estabiliza sin llegar a caer.           El chico, que hace días que la observa, decide seguirla a una distancia prudente. Pasan por el mercado de verduras, por delante de los carniceros y del barrio de los curtidores hasta llegar a la orilla ...

De profesión vagabundo

Luis estaba sentado en el suelo del comedor. A sus sesenta y dos años todavía podía hacerlo con las piernas cruzadas. Tenía los codos apoyados sobre las rodillas, la espalda inclinada hacia delante y con las manos se sostenía la cabeza. Por encima de las gafas observaba las enormes cajas a rebosar de fotografías.              Resopló. No le quedaba otra que revisarlas una a una. No se veía con fuerzas para tirarlas sin más. Esas cajas contenían toda la vida de su madre.               Al rato, la bolsa destinada a la basura seguía vacía. Toda esa gente que ni siquiera conocía no dejaban de ser su acervo. Le pareció estar intentando desechar algo de sí mismo.               Mientras se preguntaba por qué su madre no las había colocado en álbumes, como todo el mundo, vio que deb...

Desconectar de la vejez

Hoy Pepe ha enterrado a su amigo Roberto. Amigo con el que compartió pupitre en el colegio, un Seat 1400 beige y a Teresa.            Pepe tiene ochenta y tres años. El párkinson lo obliga a temblar y ha perdido mucha vista. Ya no se lava ni se peina todos los días. Sin embargo, le parece imprescindible salir a la calle con los zapatos relucientes. Se ha puesto la única chaqueta digna qué le queda. La chaqueta luce en la solapa cuatro manchas que se niegan a desaparecer.           Teresa murió hace doce años de un ataque al corazón. Pepe no se perdona dormir mientras ella se iba. Tampoco puede borrar la imagen de ella, inerte a su lado, al despertar por la mañana. Y ese abrazo frío, sin resistencia.             Al salir del tanatorio ha tomado la calle mayor hacia abajo sin rumbo. No tiene a donde ir. Compungido y con las manos...

Hay muchas cosas que hacer todavía

La noche anterior había celebrado con buenos amigos la verbena de Sant Joan. Me sentía pesada y torpe. Preparé café. Incapaz de estimular otro sentido que no fuera el de la belleza, dejé que mi mente se perdiera por Instagram un buen rato. Pensé que unas bonitas fotografías reiniciarían mi cerebro. Me reí de tal argumento, pero seguí.              Detuve el carrusel de imágenes en seco en la foto que veis. Es de un escultor noruego llamado Fredtik Radumm.         Ese hombre desvalido, era yo. Suficientemente ligera para qué me arrastre un pajarillo y a la vez sin poder mover un músculo. Paralizada.            Me pregunté si dormía o estaba muerto. Tal vez, era el protagonista de una serie de fantasía que podía comunicarse con los animales. El hombre está en la playa inconsciente. El malo lo a apaleado. La marea sube con rapidez. El pájaro llama a sus congéneres con irritan...

Eligiendo lectura de buena mañana.

Descorrí las cortinas de la sala. Estaba amaneciendo. El virulento rojo del cielo anunciaba viento o lluvia. Iba a ser un día inquieto. Respiré hondo.                 Me senté en el sillón orejero qué había sido de mí padre. En pijama. Coloqué recta mí espalda apoyada en el cojín rojo. Acerqué un poco la mesita del centro de la sala y puse los pies en ella. Mis rodillas se resintieron y me levanté a buscar otro cojín para colocar debajo las piernas. Respiré hondo y me senté recta.                 Me pareció oler a humedad, a musgo. No recordaba cuánto tiempo hacía que no había cambiado las flores del jarrón. Margaritas blancas que ya no eran blancas. Vida que ya no era vida. Pensé, que cuando me levantara las tiraría al cubo de los residuos orgánicos. Pero eso sería luego, ahora urgía leer.        ...

Pies de piedra

Lo primero que pensé al ver sus pies fue que le debían doler y que eran feos.           Me la imaginé andando descalza por la selva en busca de madera para hacer fuego. Recoger tubérculos y raíces. Cazar pequeños animales. Corretear por suelos pisando cortezas, hojas, insectos, ramas, astillas y pellejos de animales muertos. Todo ello envuelto en una apestosa humedad que lo pudría todo junto un calor asfixiante.           El día que me crucé con ella, la vi cargando con su bebé a las espaldas. A cada hombro dos enormes sacos llenos de madera cortada a cada extremo de  un tronco, como un yugo, que había hecho pasar por detrás de su cuello como si ella fuera el eje de una balanza. Mi columna vertebral crujió al pensar en el peso que debía soportar la suya.             Ella me miró curiosa con una sonrisa que iluminó todo el oscuro...

El día más frío

Tenía catorce años y era una pre-adolescente de lo más normal. Impulsiva y algo vaga. Estaba enamorada del chico más guapo de la escuela, como todas. Y tenía una amiga del alma con la que creamos un club, con otras cuatro niñas, para no sé qué finalidades. Obsesionada con los granitos y mí fino y lacio cabello. ¡Todavía ahora, recuerdo con envidia la gruesa cabellera de mi amiga! En fin, lo normal.            Eso sí, sin ninguna aptitud para los idiomas. Nunca la he tenido. Y claro, siempre cateaba el inglés. Ese año tuve que hacer el examen de recuperación en septiembre.            Al salir de la clase, donde habíamos hecho la prueba, se me dirigió la tutora de la que no recuerdo el nombre.            —Márquez, ¿cómo te ha ido el examen?  —preguntó con una sonrisa dulce nada normal en ella.      ...

El vuelo

Al ver esta instantánea intento recordar lo que sentía de niña allí arriba en suspensión, volando. Con la seguridad de que mi padre no dejaría que me aplastara contra el suelo. Me gustaba contemplar su tierno rostro desde las alturas, en esa posición privilegiada. Luego sus grandes brazos actuaban contra la gravedad tirando de mí con fuerza, y yo quedaba colgada como una muñeca de trapo. Sentía felicidad, si, era felicidad.  Después, fijo mi atención en el edificio del fondo, el que está algo borroso. Esa arquitectura...Si, la foto está hecha en la India, seguro. ¿Habéis tenido la suerte de viajar a ese país? Yo sí, dos veces. Primero al norte y luego al sur.              Me sorprendió lo poblado que está. No paras de ver gente, y gente. Vayas donde vayas la ves andando en fila por la carretera con sus bultos y sus animales. Pidiendo limosna, aseándose 《 asearse...es un decir 》 en cualquier riachu...

Reencuentro

Nada anunció el giro que tomaría mi vida esa mañana en la que corriendo subí al metro para llegar al trabajo lo más rápido posible. Fue cerrarse las puertas y verlo al fondo de pie, apoyado en el asidero de metal mirando su teléfono móvil. Era el único negro del vagón. Lo reconocí al instante. El tiempo había cincelado sus huellas sin compasión, pero seguía siendo atractivo.                Los recuerdos afloraron con rapidez atropellados; los niños; el río Níger; los mercados llenos de colores; humedad; olor a trópico. Su misma seguridad recostado en la barra del vagón del metro, pero apoyado en el enorme mango del patio de la casa familiar mientras saborea despacio el dulce néctar del fruto amarillo. La alegría me invadió entera obligándome a ir hacia él, en la otra punta del coche.             El vagón no iba demasiado lleno y aminoraba la marcha. Pensé...