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Entradas

Jade

  Yo tenía trece años y ella era la oruga más bonita que había visto nunca. Jade, qué así la llamé, tenía una sorpresa guardada.         Jade era un poco más gruesa que un rigatoni , de un color verde intenso, recubierta toda ella de apéndices en forma de ramos de púas negras que la ayudaban a desplazarse. En la cabeza había cuatro ramos de púas rojos y de frente dos minúsculos ojos negros sin parpados.        No podía dejar de mirarla a través del cristal del pote de aceitunas que habilité como vivienda. Hice agujeros en la tapa de aluminio para que pudiera respirar e introduje una ramita del árbol donde la encontré para que pudiera asirse. Le llevaba hojas con las que alimentarse que ella iba devorando sin prisa. No tenía nada más qué hacer, pensé, que comer y acumular suficiente energía para transformarse en la hermosa mariposa que con tantas ansias deseaba conocer.      ...

¡Ay, lo natural!

Para alejarse un rato de cualquier situación desagradable no hay nada mejor que dejarse llevar por una buena historia. Por lo que este último año he abusado de series y películas. Algunas de ellas realmente exquisitas. Pero, esta circunstancia me ha llevado a una reflexión: Estoy harta del mundo que me ofrecen.        En la gran mayoría de los argumentos el futuro es distópico y violento. Lleno de catástrofes, guerras, zombis, máquinas infernales, alienígenas destructores y un largo etcétera de malos augurios. Desastres que acostumbran a ser culpa de algún malvado lunático al que se le ha ido la pinza o la propia naturaleza a la que hemos agraviado.         ¡Ay, la naturaleza!        Por su lado, la tecnología en lugar de ser una herramienta para solucionar penurias y protegernos de un medio hostil, se nos presenta como un tremendo error que nos aleja de la naturaleza y r...

Espíritus vengativos en la nieve

  Llevaban veinte días andando por el desierto blanco de la Antártida. No dejaba de nevar. El cansancio y la falta de nutrientes empezaban a hacer mella en sus cuerpos doloridos. Todavía faltaban unos ciento ochenta kilómetros para llegar al campamento. Había que tomar una decisión.        Xavier, Douglas y Ninnis habían salido de la base, en Tierra Adelia, para cartografiar Tierra Victoria que se hallaba a unos quinientos kilómetros. Marcharon a pie con trineos arrastrados por fieles perros huskys.         A punto de llegar a destino, Ninnis resbaló en el hielo precipitándose por una profunda grieta arrastrando con él al trineo con la mayoría de las provisiones y a la mitad de los perros.       Había que tomar una decisión y los dos supervivientes la tomaron a pesar de la grave violación que suponía, tal resolución, para su moral.        De...

Al alba todo el pueblo olía a petricor

  Las tres niñas bajan alegres por la pendiente que las lleva al rio Nieri Ko, afluente del caudaloso Gambia, que da nombre al país vecino, tienen un buen motivo para estar contentas.       Koudi es una diminuta aldea senegalesa con una hermosa mosquée en donde se toman todas las decisiones que conciernen a sus habitantes. La mosquée está rodeada por varios recintos familiares protegidos por murallas de adobe rojizo. Desde ella surge el camino hacia el rio.        A medida que las niñas se acercan a la orilla la escasa vegetación se torna verde esmeralda.       —Mi abuela asegura que ella no va a beber de esa agua —dice la más joven con guelé azul que sostiene en la cabeza un cubo lleno de botellas de plástico vacías —, así que yo tendré que seguir bajando. ¡Y subiendo!       —El otro día oí discutir a mí madre con tu abuela sobre el tema—dice la chi...

¡Cierra el pico!

  Ajani y su hermano pequeño Buki habían conseguido que giraran las cuatro ruedas del vistoso camión que ellos mismos habían fabricado con latas vacías. Ajani sujetaba al juguete un palo para que su hermano lo pudiera arrastrar por la tierra rojiza, cuando oyeron parar un coche y luego abrirse la puerta metálica del recinto familiar.      En ese instante, la casa estaba llena de mujeres y Ajani se creyó en la obligación, como representante masculino de mayor edad, de recibir a las visitas.       Buki se quedó jugando con el camión en el patio. Se oían voces distendidas charlando a la sombra del majestuoso baobab de la entrada. Al rato, quiso enseñar su espectacular camión a los de la casa y al dar la vuelta a la estancia que hace de almacén, vio a su hermano mayor agazapado protegido detrás de la pared.       —¡Shsss! —dijo Ajani sellando sus labios con el índice y obligando a su hermano meno...

Colores

Me gusta escribir rodeada de gente, acunada por el murmullo de voces desconocidas. Acostumbro a sentarme en un rincón del bar elegido y ese día le tocó a  un establecimiento regentado por una pareja de hípsters. Escogí una mesa al lado de un ventanal que llegaba hasta el suelo, desde donde podría disfrutar de un hermoso panorama del paseo marítimo.       Pedí un café y saqué el portátil de la mochila. Mientras se abría el ordenador me inundó la agradable certeza de estar donde y cuando debía de estar. Suspiré. Me distrajo el movimiento de la gente paseando por la avenida y fue entonces cuando lo vi acercarse.       Era un joven en la treintena que llevaba sombrero de paja. Vestía pantalones blancos y camiseta roja sin planchar, pero aun así con estilo. Debía ser de buena familia, pensé. Debajo un brazo sostenía una gran carpeta atada con cordel. La otra mano agarraba un caballete que colgaba del hombro.     ...

Correr en cículos siete veces siete.

  Akin despertó de una larga pesadilla sin saber dónde estaba ni lo que había sucedido. No pudo despegar los párpados hinchados y le desconcertaba el intenso trajín de su alrededor; murmullos, lamentos, pasos, ruidos que no sabía identificar. Tumbado boca arriba no sentía su cuerpo como suyo. Olía a orina y a sangre; opresión en el abdomen y en el rostro. Cerca había alguien porque escuchó un gemido hueco. Intentó darse la vuelta para socorrer a la persona que lo había emitido,  pero un dolor atroz le oprimió el costado cortándole la respiración.            —No te muevas, Akin —dijo una voz que reconoció como la de uno de sus tíos —. Algo te han roto por dentro. Toma mi pan y agua, yo no los necesito.           El chico, percibió la mano del anciano tomando la suya y acercarle el pan y la vasija.            —¿Que ha pasado?    ...

Placeres

Este mes, cuando en Divagacionistas propusieron hablar sobre placeres, hice lo de siempre, buscar en internet una fotografía de la que extraer una historia.  Estaba convencida de que la pantalla del ordenador se llenaría de cuerpos hermosos practicando sexo. Porque, ¿qué mejor placer que el sexo? Me propuse escribir algo suficiente fuerte como para escandalizar a las hordas de conservadores que están saliendo como setas.          Como sabréis, lo primero que acostumbra a mostrarte Google es la definición de la palabra que has escrito en el buscador. Me sorprendió leer las definiciones. La primera decía: “Banco de arena o piedra en el fondo del mar, llano y de bastante extensión” La segunda, “Arenal en el que puede encontrarse oro u otro metal precioso”.          Entonces afloraron con fuerza recuerdos de mi niñez que aplacaron el empuje con el que estaba dispuesta a escribir el relato erót...

El niño sin nombre

El niño sin nombre reconoce de lejos el rugir de los motores. El ruido es cada vez más y más fuerte. Se acercan.         El niño sin nombre sentado en cuclillas se hace un ovillo en un rincón de la estancia. La habitación ha sido todo su mundo durante meses y lo que queda de las paredes el límite.         El niño sin nombre se concentra en hacerse pequeño, muy pequeño, hasta convertirse en invisible, tal como le explicó su madre qué debía hacer. La echa en falta, a la madre. Salió a buscar algo para poder comer y no ha vuelto todavía.        El niño sin nombre desea salir corriendo a buscar a la madre. Pero, obedece. Mejor quedarse en su esquina, encogerse y no ser visto para que nada, ni nadie, pueda hacerle daño.         El niño sin nombre sabe que después de los aviones llegará el silbido que atravesará sus tím...

Ayana

Llevaba tres días en Ngaparou en la casa familiar de mi amiga Kande y todavía no me había acercado al inhóspito mar Atlántico.          En esos pocos días, había recopilado mucho material paseando por mercados y callejuelas. Había captado imágenes de niños, ancianas, animales, puestos de fruta y de especias, patios familiares, y hasta secaderos de pescado con lo mal que huelen. Me gano la vida con ellas, con las fotografías.           Ese día, por fin quise ir hasta la playa.         —Llévate a Ayana —dijo mi amiga—, no deja de preguntar qué es lo que fotografías.        Ayana es la sobrina preferida de Kande, hija de su hermano pequeño. Es una niña vivaracha y de ojos grandes, sin embargo, dicen que es rara. No le gustan los niños de su edad, prefiere estar rodeada de adultos.    ...

Habrá que entrar

Al mirar esta imagen de lejos veo un cajón de sastre lleno de pequeñas bobinas de hilos de colores. En esos pequeños cilindros, con un tapón blanco en un extremo, predomina el rojo.   Están de pie muy apretados, esperando que los alija la mano de la costurera y poder terminar sus días formando parte de un bonito bordado. Parece que estén dentro un embudo, parecido al de los bombos de la lotería de navidad. Una sola bobina será la escogida.            Cuando me acerco la fotografía se distinguen hombres vestidos con túnicas de tonos vivos y casquetes blancos en la cabeza. Hombres de una sociedad antigua aferrados a la tradición. También ellos parecen estar dentro un embudo que los succiona hacia dentro del templo. Quieren rendir culto al dios Alá. Se empujan unos a otros. Quieren ser los primeros en entrar. Serán respetados por la comunidad por haber cumplido con el precepto. Así eluden la soledad ajenos al resto del...

La profesora de ballet

Desde hace unos días la chica pasa por la calle principal de Serekunda. Con zapatillas de ballet, tutú rojo, encajes naranjas y mallas negras para no dejar al descubierto las piernas. Ligera, volando impulsada por sus largos brazos. Ajena a lo que acontece a su alrededor.                     En un tramo del suelo, algo más plano, se pone de puntitas y camina erguida con los brazos abiertos, como si anduviera sobre la cuerda floja. Al rato, tropieza con una hendidura del terreno y pierde el equilibrio. Y como si una mano invisible la cogiera por el pescuezo y tirara de ella hacia el cielo, se estabiliza sin llegar a caer.           El chico, que hace días que la observa, decide seguirla a una distancia prudente. Pasan por el mercado de verduras, por delante de los carniceros y del barrio de los curtidores hasta llegar a la orilla ...

De profesión vagabundo

Luis estaba sentado en el suelo del comedor. A sus sesenta y dos años todavía podía hacerlo con las piernas cruzadas. Tenía los codos apoyados sobre las rodillas, la espalda inclinada hacia delante y con las manos se sostenía la cabeza. Por encima de las gafas observaba las enormes cajas a rebosar de fotografías.              Resopló. No le quedaba otra que revisarlas una a una. No se veía con fuerzas para tirarlas sin más. Esas cajas contenían toda la vida de su madre.               Al rato, la bolsa destinada a la basura seguía vacía. Toda esa gente que ni siquiera conocía no dejaban de ser su acervo. Le pareció estar intentando desechar algo de sí mismo.               Mientras se preguntaba por qué su madre no las había colocado en álbumes, como todo el mundo, vio que deb...